31.3.10

Diplomacia


O nosso cônsul honorário em Munique



O governo desta vez agiu depressa:noticia-se que suspendeu o cônsul honorário de Portugal em Munique, um cidadão alemão.O homem terá arranjado um encontro de Durão Barroso, já 1º Ministro, «com um dos directores da empresa Ferrostaal», que vende submarinos, desmentindo assim a teoria escolar de que o difícil é sentá-los.Custa-me muito assistir a estas quebras de protocolo.Um primeiro-ministro de Portugal reunido com um qualquer director, mesmo de empresa tão cosmopolita, dá a dimensão do cônsul.Ou do primeiro-ministro Durão Barroso? JOSÉ MEDEIROS FERREIRA


¡Rebajemos la calificación de Moody's!


Los medios de comunicación han estado bombardeando al público con historias terroríficas sobre los déficits récord del país. Periódicos, programas informativos y tertulianos que jamás se molestaron en mencionar una burbuja inmobiliaria hinchada hasta los 8 billones de dólares y que terminó hundiendo a la economía no s cansan ahora de dar la matraca con historias sobre déficits actuales y venideros que serán la ruina de nuestros nietos. La moraleja de esas historias sería que tenemos que recortar la Seguridad Social y Medicare de todos esos viejos que viven estupendamente por razones de equidad intergeneracional.

La mayoría de esas historias sobre los déficits manejan un popurrí de informaciones o falsas o confundentes. Una cosa que resulta particularmente efectiva en punto a despertar el miedo en la opinión pública son las advertencias de Moody’s, la gigantesca agencia de calificación de los títulos de deuda, de que podría llegar a rebajar su calificación de la deuda pública norteamericana. La deuda pública norteamericana ha mantenido siempre la calificación más alta otorgada por Moody’s, la AAA o triple A. Si Moody’s rebajara su calificación de la deuda pública, pondría en un buen apuro al país; montaría tanto, en substancia, como una condena de la impericia financiera del gobierno norteamericano. También tendría el efecto práctico de aumentar la carga de los intereses soportada por el gobierno, pues una degradación podría llevar a mayores tasas de interés en la deuda pública estadunidense.

Pero antes de avilantarnos a recortar la Seguridad Social y la asistencia sanitaria de nuestros padres, valdría la pena hacernos unas cuantas preguntas y contestarlas. Por lo pronto, la gente debería saber un poco más sobre Moody’s y las otras grandes agencias de calificación de los títulos de deuda. Sería bonito pensar que tenemos agencias de calificación de los títulos de deuda capaces de examinar fiablemente la contabilidad de los gobiernos y de las empresas y de decirnos la verdad sobre sus respectivos méritos financieros. Pero no es ese el país en el que vivimos.

Moody’s y las otras agencias calificadoras se han distinguido de manera eminente en el proceso de fabricación de la presente crisis. Esas agencias dieron excelentes calificaciones a instrumentos financieros complejos rebosantes de hipotecas basura y de otros activos tóxicos. Esas calificaciones permitieron a Goldman Sachs y a otros bancos de inversión vender su basura por todo el país y por el mundo entero, lo que determinó que los efectos del colapso de la burbuja inmobiliaria reverberaran por todo el sistema financiero.

No fue mera incompetencia lo que llevó a a Moody’s a confundirse respecto de la calidad de las emisiones que calificaba; fue corrupción. Moody’s y las otras agencias de calificación eran pagadas por los mismos bancos cuyos activos se encargaban ellas de calificar. Las agencias calificadoras de los títulos de deuda sabían que esas compañías querían calificaciones máximas para sus emisiones. Como dijo uno de los calificadores de Standard & Poor’s en un email, estaban dispuestos a dar la máxima calificación a productos “estructurados por vacas”.

Eso ha de tenerse presente cuando se considera la posibilidad de que Moody’s degrade la calificación de la deuda pública norteamericana. No es ningún secreto que a muchos en Wall Street les encantarían los recortes en la Seguridad Social y en Medicare, o aun su privatización. El banquero de inversiones Peter Peterson ha llegado incluso a empeñar 1 millón de dólares en la promoción de un programa político en este sentido. Cuando Moody’s amenaza con degradar la deuda pública norteamericana, o si realmente llega a degradarla, eso puede reflejar tanto su real valoración de la credibilidad del gobierno norteamericano como la resuelta intención de Wall Street de recortar esos programas públicos fundamentales.

La opinión pública tiene una manera fácil de averiguar las motivaciones de Moody’s. Todos los bancos, incluidos gigantes como Citigroup y Goldman Sachs, son tenedores de enormes cantidades de deuda pública estadounidense. También depende del gobierno norteaericano por una muchedumbre de razones, incluidos rescates potenciales. Si el gobierno de los EEUU fracasara en punto a honrar sus deudas, eso significaría, con casi total seguridad, la liquidación de todos los grandes bancos del país. No hay ningún escenario plausible en el que el gobierno estadounidense deje de honrar sus deudas y los bancos sigan siendo capaces de honrar las suyas.

Eso significa que si Moody’s llegara a degradar la calificación de la deuda pública estadounidense, para ser coherente, debería también degradar la calificación de la deuda de Citigroup, Goldman Sachs y otras grandes bancos. Si Moody’s degrada la deuda pública sin degradar la calificación de la deuda de los grandes bancos –o aun si amenaza con degradar la deuda pública, sin degradar la de los grandes bancos—, lo más verosímil es que esté actuando banderizamente en favor de los intereses políticos de Wall Street y no ofreciendo su mejor juicio sobre la credibilidad del gobierno de los EEUU.

Es una desdicha que tengamos que poner bajo sospecha la honradez de una de las grandes agencias de calificación, pero dada su pasado, a las personas serias no les queda otra opción. Para parafrasear un viejo chiste de Winston Churchill, ya conocemos el carácter de las agencias calificadoras de los títulos de deuda, sólo estamos preguntando si ahora mismo siguen prostituyéndose.

¡Rebajemos la calificación de Moody's!
| Dean Baker · · · · ·

Memorandum para los terroristas del déficit público


Se necesitó un contable para tumbar a Al Capone. ¿Serán los contables los únicos capaces de tumbar a los terroristas del déficit público? Diríase que los contables son los únicos capaces de entender que quienes toman decisiones políticas no pueden evaluar coherentemente las opciones de política fiscal sin analizar las implicaciones de las mismas para los balances fiscales de otros sectores. Se parlotea mucho sobre los "rescates" griegos o sobre la reducción de los "déficits fiscales estructurales" de los EEUU; pocos parecen comprender que la imposición de un déficit fiscal arbitrario proporcional al PIB (o la fijación del cambio a un nivel arbitrario) reduce el margen de maniobra necesario para conseguir ahorro neto en el sector privado.

La histeria del déficit ignora el ABC de la contabilidad

En substancia, todo se reduce a contabilidad básica. Quienes se empeñan en hablar de "sostenibilidad fiscal" o hacen terrorismo con la histeria del déficit, si atendemos a la lógica de su posición, lo que manifiestan son fobias en relación con el ahorro privado. Y eso vale también para nuestras ínclitas agencias calificadoras, que hoy mismo [15 de marzo] han disparado otra ráfaga contra los EEUU y el Reino Unido. De acuerdo con Moody's, ambos países se habrían acercado "substancialmente" al umbral de pérdida de la calificación AAA [la máxima] de su crédito, y por lo mismo, deberían reducir su deuda. De uno u otro modo, se supone que los países tienen que lograr eso sin dañar su crecimiento, y ello a pesar de que las muy expansivas políticas contra las que clama ahora Moody's han sentado las bases, a falta de las cuales habríamos asistido a un colapso del ingreso y el empleo similar al de los años 30 del siglo pasado.

Bien, para parafrasear al legendario jugador de béisbol Yogi Berra, una y otra vez nos asalta la sensación del dejà vu. Lo mismo ocurrió con Japón a fines de los 80. En noviembre de 1998, al día siguiente del anuncio por parte del gobierno japonés de un estímulo fiscal a gran escala para su desfalleciente economía, el servicio de inversores de Moody's dio comienzo a una larga serie de degradaciones en la calificación de los títulos de deuda pública japonesa denominada en yenes, retirándole la triple A (AAA), la máxima calificación. La siguiente degradación importante la ejecutó Moody's el 8 de septiembre de 2008.

Luego, en diciembre de 2001, Moody's degradó más la calificación de los títulos denominados en yenes de la deuda pública japonesa, bajándola de AA3 a AA2. El 31de mayo de 2002, el servicio de inversores de Moody's recortó la calificación del crédito japonés a largo plazo dos grados más, hasta A2, es decir, por debajo de Botswana, Chile y Hungría.

Gran negocio. A día de hoy, Japón sigue tomando préstamos a 10 años a unos tipos cercanos al 1,3%. Afortunadamente, la histeria del déficit no se deja traducir tan fácilmente al japonés.

Si nuestras agencias calificadoras (y la gran mayoría de los economistas y de los comentaristas de los mercados) tuvieran una mínima comprensión de la contabilidad, podrían despreocuparse. Verdad es que muchos ya lo hacen. Dean Baker, Rob Parenteau, Scott Fullwiler, Randy Wray y Bill Mitchell, destacan en la profesión por su capacidad para ofrecer un análisis macroeconómico coherente en términos de existencias y flujos.

Pero la mayoría son refractarios a ese enfoque. Y no sólo los economistas: los políticos y los medios de comunicación arguyen frecuentemente que el gobierno debe equilibrar su balance contable exactamente igual que un hogar. Si un hogar gastara siempre más que sus ingresos, terminaría en la insolvencia, y se dice que el gobierno se halla en la misma situación. Randy Wray ya demolió hace poco este tipo de argumentos.

Sinsentido neoliberal

Parte del problema es ideológico. En el nivel más básico, el ingreso combinado de los tres sectores de una economía –el sector privado nacional (que incluye hogares y empresas), el sector público y el sector exterior— tiene que cuadrar con el gasto. Los sectores de la economía que son emisores netos de nuevos pasivos financieros se ven compensados por sectores que adquieren voluntariamente nuevos activos financieros. Eso no vale sólo para el lado de ingresos y gastos de la ecuación, sino también para el lado financiero, raramente bien integrado en el análisis macroeconómico. Pero los neoliberales odian la idea de poner al sector público a la par con los sectores privado y exterior. Lo ven como un apéndice extraño que interfiere dañinamente en el funcionamiento del sector privado en una economía de "mercado libre".

Establecida esta noción contable básica, no hay razón para que un sector cualquiera tenga que gastar por un monto exactamente igual al de sus ingresos. Un sector puede llegar a tener un excedente (gastar menos de lo que ingresa), siempre que otro incurra en déficit (gaste más de lo que ingresa). Históricamente, por ejemplo, el sector privado de los EEUU ha gastado menos de lo que ingresa. Otro modo de decir lo mismo es que los déficits presupuestarios públicos se han acomodado a la tradicional querencia por el ahorro del sector privado. Cuando se usa esta última formulación, se entiende más perspicuamente lo irracional de la histeria con que se rodea a los déficits públicos. Por paradójica que resulte, vale la observación del profesor Jan Kregel:

"El gobierno puede intervenir para convertir los vicios privados en virtud pública estimulando la prodigalidad cuando el sector privado desea ser frugal. ¡La prodigalidad pública viene a ser el sostén de la virtud pública! Eso es la política fiscal de un gobierno responsable, responsable de asegurar que las decisiones del sector privado pueden abrirse paso sin que se atraviese en su camino la ley de las consecuencias no pretendidas." ("Fiscal Responsibility: What Exactly Does It Mean?" — Manuscrito del esquema de la intervención preparada por Jan Kregel para su Will Lyons Inaugural Lecture, Franklin and Marshall College, 23 de febrero de 2010.)

Y vale también el corolario: en la época de Clinton, el gobierno federal actuó de una manera que habría complacido a los más severos victorianos: logrando los mayores excedentes presupuestarios de nuestra historia. Lo que fue celebrado por prácticamente todos los economistas de la corriente principal (tantos como los que hoy claman contra los déficits "explosivos"), porque eso quería decir que se reducía la notable deuda pública. Huelga decir que, en realidad, lo que esos economistas celebraban era la mayor borrachera de deuda privada de la historia. Se calla por sabido que no lo veían así porque no comprendían las implicaciones contables de esos excedentes presupuestarios, los cuales, ecuación mediante, significan un déficit del sector privado. Los hogares y las empresas se endeudaban cada vez más, y perdían riqueza neta en unos títulos de deuda pública que se liquidaban a ojos vista para compensar las pérdidas del ahorro privado.

Con unas pocas –y breves— excepciones, el gobierno federal de los EEUU se ha hallado en deuda ininterrumpidamente desde 1776. Y el acúmulo de deuda resultante no ha sido una espada de Damocles suspendida sobre las cabezas de las generaciones futuras de contribuyentes y restrictora de la futura libertad de acción de los mismos. ¿Cómo, si no, habría llegado a ser la de EEUU la economía más sana del planeta? Simplemente, esa acumulación de deuda emitida era la expresión contable de los déficits presupuestarios agregados en que habían incurrido los gobiernos en el pasado. La línea del "robo intergeneracional" seguida ahora con nauseabunda regularidad es completamente falsa. Como observó Kregel en la conferencia antes citada, no podemos limitarnos a instar l Doc Brown [el protagonista de la película Regreso al futuro; T.] a que permita a Marty McFly [el amigo de Doc Brown en la misma película; T.] "volar de regreso al futuro" en representación de los abuelos pródigos para pagar la cuenta. Al contrario:

"Si se incurre hoy en una deuda pagadera en el futuro, los recursos futuros para honrarla tendrían que ser retrotraídos al presente para que pudiera hablarse de una carga en términos de consumo perdido para las generaciones venideras. Si no puede transmitirse en el tiempo, entonces queda en el futuro, a menos que nuestros nietos decidieran lanzarse a un enorme potlatch, quemaran los recursos y declararan extinguida la deuda."

En realidad, hablar de "billones de dólares de pasivos no respaldados por activos" generados por la jubilación de los baby-boomers es absurdo, a menos que se compare con la dimensión acumulada por el PIB a lo largo del mismo período de tiempo: también aquí nuestros terroristas del déficit comparan peras con manzanas.

Presupuestos públicos y prioridades políticas

Un presupuesto público, así pues, no se limita a fijar los gastos públicos y los ingresos fiscales. Es un documento que establece las prioridades políticas y de gasto de quienes toman decisiones políticas con el objetivo de movilizar los recursos nacionales para un designio político más amplio. En substancia, un presupuesto es una afirmación política que refleja prioridades y preferencias, no el equivalente económico de una suerte de camisa de fuerza que viniera, por ejemplo, a decretar arbitrariamente que el gasto público no puede rebasar un determinado porcentaje del PIB. Por definición, un presupuesto no puede hacer eso, porque todos los excedentes presupuestarios, lo mismo que los déficits, son, y por mucho, "endógenos", es decir, no discrecionales. Un gobierno puede fijar su programa de gasto y sus planes fiscales por vía expeditivamente legislativa, pero no puede determinar por anticipado el nivel del déficit (o del excedente). Los vínculos macroeconómicos que acabarán perfilando la posición presupuestaria están muy determinados por la interrelación entre el gasto público y el gasto no estatal. El déficit es tanto un reflejo de esa interrelación, cuanto una causa de la misma.

Lo que nos devuelve al gasto fiscal público y a la noción de "sostenibilidad fiscal". En nuestra opinión, la única política "fiscalmente sostenible" es la que consigue el pleno empleo a los niveles de precios actuales (o cerca de esos niveles). La idea de una oferta pública de empleo garantizado es una opción muy convincente de política fiscal, pero ha pasado generalmente desapercibida debido al creciente ruido de la histeria del déficit. Dado que los gobiernos "fiscalmente responsables" que siguen recortando el gasto y buscando excedentes se arriesgan echar al cubo de los desperdicios la vida entera de sus jóvenes, lo que se precisa ahora son programas de creación de puestos de trabajo que requieren ulteriores estímulos. Tal es el único curso de acción responsable. Un Programa de Garantía de Empleo es de todo punto preferible a cualquier programa de mayores transferencias a los bancos y a las agencias federales para mantener a los hogares cojeando en su delicada situación actual.

La verdadera clave para una recuperación substancial de los EEUU, pues, no es un activismo fiscalmente restrictivo (que hará peores las cosas), sino alguna combinación de gasto público substancialmente mayor y/o recortes fiscales que desactiven la implosión de la demanda en el sector privado. Una vez que el gobierno se haya enfrentado honradamente al problema de la solvencia de un gasto y un empréstito públicos en su propia moneda, no hay nada en teoría que pueda impedir al gobierno estadounidense ofrecer un empleo a todos los que lo soliciten, a una tasa fija de pago, y dejar flotante el déficit. Eso, por definición, redundaría en tasas de empleo substancialmente más altas, y mitigaría la necesidad de iniciativas legislativas como las de compensación del desempleo y el salario mínimo (por definición, el programa de garantía del empleo constituiría el salario mínimo).

El gasto del gobierno federal no está restringido por los ingresos o por los préstamos recibidos. Ese hecho está fuera de discusión, pero su alcance apenas se comprende, como lo pone de manifiesto la persistencia de las críticas al derroche fiscal del gobierno. La verdadera cuestión que hay que plantearse es esta: ¿en qué consiste la "responsabilidad fiscal", la del gobierno, pero también la de los economistas? Tenemos que proceder con audacia, pero sólo podremos hacerlo, si nos despedimos de un sinnúmero de fantasmas que ya no sirven para nada en un mundo que ha dejado atrás hace muchos años el patrón oro, y por lo mismo, las cargas de la deuda pública, la solvencia nacional y el "efecto desplazamiento". Por encima de todo, resulta crucial entender que la generalizada preferencia por un sector privado desapalancado no puede echarse a humo de pajas, y que el gobierno debe jugar un papel en la facilitación de ese proceso. Irónicamente, cuanta más austeridad fiscal se imponga intencionalmente, a menudo, con exigencias condicionantes que refuerzan las medidas de austeridad fiscal en el período de transición (como vemos ahora en Grecia, y probablemente veremos en otros sitios), tanto peores serán los déficits presupuestarios contra los que ahora claman los halcones del déficit.

La capacidad del sector privado para gastar menos de lo que ingresa depende de que otro sector haga lo contrario. Para que un sector consiga un excedente, otro debe incurrir en déficit. Eso no es alta teoría keynesiana, sino una elemental ecuación contable que parecen ignorar la inmensa mayoría de los economistas y de los tertulianos. En principio, no hay razón para que un sector no pueda incurrir perpetuamente en déficit, mientras haya otros sectores dispuestos a tener excedentes. Pero lo cierto, en el presente contexto, es que no hay nada, ni debería haberlo, que impida a cualquier gobierno incurrir en grandes déficits para que el sector privado pueda felizmente reconstituir su capacidad de ahorro, como ocurrió en los EEUU luego de la II Guerra Mundial.

Memorandum para los terroristas del déficit público
| Marshall Auerback ·












A resposta democrática à precariedade, à expropriação e à subordinação hierárquica do trabalho e do conjunto da actividade económica parece, em todo o caso, bastante simples, e pode traduzir-se numa reivindicação razoável, que não pressupõe descobertas científicas novas no campo da economia, da sociedade ou da história, não depende de soluções tecnológicas milagrosas, não implica a construção de direcções políticas qualificadas, nem a assunção de competências extraordinárias por agentes privilegiados e profissionais do governo dos outros.

Bastaria que, em contrapartida de um determinado montante de trabalho - igualitariamente estabelecido pelo poder democrático igualitariamente exercido pelos cidadãos -, fosse garantido a todos um rendimento igualitário e condições de igualdade perante o mercado. Precise-se somente que esta política de igualização dos rendimentos não poderia deixar de ser acompanhada da democratização das condições de exercício da actividade económica e da divisão (política) do trabalho em vigor - consequência óbvia da transformação democrática da actual divisão hierárquica do trabalho político.
Miguel Serras Pereira

Hobbes y el neorrepublicanismo académico de la escuela de Cambridge


La reconocida filósofa marxista Ellen Meiksins Wood reseña con la perspicacia y profundidad que le son habituales el reciente libro de Quentin Skinner sobre Hobbes (Hobbes and Republican Liberty, Cambridge, 245 pp, £12.99)

Quentin Skinner se pregunta cómo es posible que una tradición completa de pensamiento político –incluida la concepción de libertad más influyente en la teoría política anglófona del último medio siglo— no haya sido capaz de captar la entera gama de condiciones capaces de limitar nuestra libertad de acción. Una pregunta razonable, podríamos pensar, válida no sólo para la influyente concepción de libertad "negativa" de Berlin, opuesta a la "positiva", sino también para la tradición liberal en su conjunto. Sin embargo, la propia concepción de libertad de Skinner no es inmune a este complejo interrogante.

La disputa entre republicanismo y liberalismo ha sido moneda corriente en la teoría política anglo-americana, y no hay quien haya contribuido más que Skinner –una figura hegemónica en el estudio del pensamiento político— a promover la tradición republicana. Skinner cuestionó la concepción negativa de libertad de Berlin sin llegar a sostener un concepto positivo, sino mediante la contraposición entre la versión liberal de libertad negativa y otra que él llama la idea "neo-romana". Hobbes siempre fue su principal villano. Para Skinner, Hobbes es el filósofo que reemplazó de manera sistemática la concepción "neo-romana" –o republicana— de ciudadanía libre por una noción restrictiva de libertad, que no es más que la ausencia de impedimentos externos a la acción. Esta transformación teórica fue deliberada y tuvo un designio polémico en un momento histórico particularmente turbulento.

En su reciente libro, Skinner analiza con escrupuloso detalle los sucesivos retoques y mejoras experimentados por las ideas hobbesianas sobre la libertad a medida que progresaba la Guerra Civil Inglesa. Su descripción de Hobbes es lúcida, elegante y –por decirlo en sus propios términos— persuasiva. Skinner busca realmente dar sentido a Hobbes –y a cualquier otro pensador político—, pero sin ubicarlo en los debates apremiantes de su época y lugar. A medida que avanza el argumento, sin embargo, las limitaciones de ese proceder van haciéndose evidentes. Frente al trasfondo de la narrativa histórica de Skinner, su asombro ante la insensibilidad de otros respecto de muchas de las condiciones que se atraviesan en el camino de la libertad resulta desconcertante. Cabría plantearle la misma objeción al propio Skinner, y no sólo porque su solución "republicana" es en sí misma igualmente restrictiva, sino, más en general, porque el mundo político y el espectro de los debates políticos en él registrados se nos presentan de manera estupefacientemente limitada.

Según Skinner, la esencia de la idea "republicana" de la libertad como ausencia de dependencia es que la mera presencia de un poder arbitrario –independientemente de si se ejercita o no de manera tal, que limite efectivamente la libertad de acción— es suficiente para transformar el estatus de los hombres libres en esclavos. Con otras palabras, la libertad puede perderse incluso en ausencia de una interferencia real. La mera existencia de un poder arbitrario – independientemente de que pueda ser ejercido de manera benigna o permisiva— reduce a los hombres a la servidumbre; y los individuos libres sólo pueden existir en estados libres. Las raíces de la idea republicana se remontarían a la Roma antigua y al resurgir del republicanismo en el renacimiento italiano. Skinner argumenta que una idea similar a esta concepción de lo que significa ser un hombre libre resultó especialmente preponderante en la Inglaterra de 1640, en oposición a los derechos discrecionales –y por lo mismo, arbitrarios— dimanantes de los privilegios reclamados por la Corona, y que de aquí habría resultado el republicanismo clásico de los escritos de Milton, James Harrington y Algernon Sidney.

Skinner afirma que las tres obras principales de filosofía política de Hobbes (The Elements of Law, De Cive y Leviathan) fueron pensadas en abierta confrontación con los escritos parlamentaristas y radicales. A medida que progresaba el conflicto entre el Parlamento y la Corona y que sus propias circunstancias fueron cambiando, Hobbes refinó y modificó sus argumentos. Elements no se publicó hasta 1650, pero circuló de manera privada en 1640, cuando finalmente Carlos I convocó al Parlamento por vez primera en 11 años, mientras los miembros del Parlamento corto vociferaban ferozmente denunciando los ataques a la libertad por parte del rey. A finales del mismo año, Hobbes huyó a París temiendo que sus posiciones absolutistas lo pusieran en peligro. Habría permanecido autoexiliado durante 11 años. La revisión de sus Elements fue publicada en 1642 en París, y en 1647 se publicó una nueva versión revisada y más extensa bajo el título de De Cive. La derrota final y ejecución del rey en 1649 fue lo que llevó a Hobbes a escribir Leviathan. Era una obra, escribía Hobbes, "de lucha a favor de todos los reyes y de todos aquellos que –bajo el nombre que fuera— detentan derechos reales"; un objetivo que, como demuestra Skinner, podría servir fácilmente tanto para Cromwell como para los reyes hereditarios. Habiéndose resignado aparentemente a Cromwell, Hobbes regresó a Inglaterra en 1651.

En Elements, Hobbes desarrolló su argumento en defensa de la soberanía absoluta, intentando demostrar que deriva de una sumisión voluntaria e incondicional de los individuos que persiguen su propio bien; pero nunca definió claramente la libertad.

En De Cive, a fin de oponerse al argumento "republicano", según el cual la sola existencia de un gobierno absoluto o arbitrario convierte al hombre en un mero siervo, Hobbes ofreció una definición clara y simple de libertad: "no es otra cosa que la ausencia de impedimentos al movimiento". Con todo lo absoluto que el poder soberano pueda ser, nuestra sujeción a un poder tal no es equivalente a convertirse en un siervo. Finalmente, en Leviathan, Hobbes ya no definió la libertad como mera ausencia de impedimentos al movimiento, sino como ausencia de impedimentos externos. Según Skinner, fue éste un "momento de gran significado histórico". A partir de aquí, Hobbes ya era capaz de distinguir entre libertad y poder, cosa que no le era posible en Elements y De Cive: la ausencia de impedimentos para la acción, por un lado, y la capacidad de actuar, por el otro. Los impedimentos intrínsecos o las restricciones –como el temor que lleva a la sumisión— pueden quitarnos nuestro poder, pero sólo los obstáculos externos nos privan de nuestra libertad. Y esto es un hito en la teoría moderna de la libertad, porque Hobbes fue el "primero en responder a los teóricos republicanos, al ofrecer una definición alternativa en la cual la presencia de libertad se construye como ausencia completa de impedimentos en lugar de ausencia de dependencia". Su heredera en nuestros días sería una tradición de pensamiento político insensible a los variados obstáculos que se atraviesan en el camino de la libertad humana, especialmente la tendencia de la servidumbre a generar sumisión, la cual, en sí misma, es un impedimento a la libertad de acción.

La insistencia de Skinner en mostrar que Hobbes estaba respondiendo a las disputas de su tiempo es incontestable, y resulta convincente su reiterada oposición a los críticos que no ven cambios significativos en el progreso de las ideas políticas de Hobbes. Hay algunos toques particularmente hermosos en su discusión de la imaginería visual, incluido el famoso y emblemático frontispicio del Leviathan. El problema es que la tesis central de Skinner sobre la disputa de Hobbes con el concepto "republicano de libertad" no es capaz de decirnos casi nada de lo que Skinner pretende. Y hasta es posible que disfrace más de lo que revele sobre los argumentos críticos de Hobbes y los argumentos de sus adversarios.

El mismo calificativo de "republicano" (o, en el mismo sentido, de neo-romano) ofrece ya una visión harto limitada del alcance del debate político en la época de Hobbes, y más aún de los obstáculos que se ofrecen a la libertad, entonces y ahora. Más importante aún: Skinner dice poco sobre el amplio espectro de opiniones parlamentarias, o sobre unas divisiones dentro del Parlamento que, tanto desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista práctico, no fueron menos profundas que el antagonismo entre el rey y el Parlamento. Y no se trata simplemente de un problema de interpretación teórica. Se trata del modo en nosotros vemos ese momento histórico; un horizonte histórico demasiado angosto puede embotar nuestra sensibilidad para percibir problemas políticos de la mayor urgencia, entonces, claro, y cuandoquiera..

Cuando los Estuardos se embarcaron en su proyecto absolutista, las clases dirigentes inglesas seguían comprometidas con una inveterada colaboración entre el Parlamento y la Corona que les había resultado provechosa a pesar de algunos momentos de tensión; no había en Inglaterra ni vocación ni base social para un absolutismo de estilo continental. Por mucho, el grueso de la opinión dominante –en el Parlamento, no menos que en el país– se ubicaba en un amplio espectro opositor a los gobiernos absolutos y arbitrarios, o al menos, contrario a un gobierno monárquico parlamentariamente inapelable. En vísperas de la guerra civil –hasta bien entrado 1641—, las clases parlamentarias en general seguían oponiéndose a lo que hacía el rey, y una mayoría parlamentaria considerable apoyó el programa legislativo radicalmente antiabsolutista, incluidos los ataques a la iglesia anglicana en los meses anteriores.

Sin embargo, ya había otras fuerzas en juego, capaces de romper esa unanimidad. Durante el reinado de Jacobo I acontecieron cambios significativos, no sólo en relación con el extensión y la naturaleza del electorado inglés, sino también en lo tocante al papel político desempeñado por la "multitud". La inflación hizo que las calificaciones ligadas a la propiedad básica resultaran menos exclusivas, y eso ensanchó la base social del electorado; pero la expansión de tal franquicia también se convirtió en un asunto político. La gentry [nobleza media y baja y, en general, los hombres libres propietarios de tierra; T.] se hizo más consciente de las ventajas políticas que supondría la movilización del pueblo, tanto en lo tocante a sus propias rivalidades internas como en lo atinente a sus desacuerdos con la Corona. Puede haber habido retrocesos en las décadas siguientes (no menores que con Cromwell) en ese compromiso oportunista a favor de un sufragio más amplio, pero entre 1621 y 1628, los Comunes votaron repetidamente para extenderlo. Asimismo, las elecciones fueron impugnadas de manera creciente. En 1640, J.H.Plumb escribió: "la situación en los condados y en los municipios cambió hasta hacerse irreconocible desde los tiempos isabelinos, y hemos asistido al nacimiento de una nación política, pequeña, parcialmente controlada, pero incompatible ya con la voluntad de la gentry".

La movilización popular no se limitó al sufragio. En 1640, el pueblo tomaba las calles de manera creciente. Los primeros actos del Parlamento largo en otoño de ese mismo año fueron saludados en Londres con manifestaciones de alegría por grandes multitudes. En diciembre, 15.000 personas firmaron la Petición "Root and Branch", que exigía la abolición del episcopado, y varios centenares llevaron la petición a la Cámara de los Comunes. Una semana más tarde, se acusó de traición al Arzobispo Laud. A partir de ese momento, el pueblo tomó las calles con regularidad, y en enero de 1641 había disturbios populares en Londres prácticamente a diario. La ejecución del Conde de Strafford en el mes de mayo fue, en gran parte, producto de la presión de la multitud, que veía al conde como un característico representante de la monarquía absoluta. A finales de ese año el Parlamento expidió su Gran Memorial de Agravios (Grand Remonstrance) con una lista de quejas contra el rey –más de doscientas— redactadas en términos provocativos. Lo que hizo que el Memorial resultó especialmente ofensivo fue su inconfundible intención de apelar de manera directa a la gente de fuera del Parlamento con el objetivo de movilizar el sentimiento popular en contra de la Corona.

Fue ésta una nueva manera de hacer política y, como queda claro en los debates parlamentarios, tanto el calculado llamamiento al pueblo llano, como la propia substancia del Gran Memorial de Agravios fueron parte evidente en la transformación pro-monárquica de algunos parlamentarios. El malestar creciente puede advertirse en Sir Edward Dering, que se había puesto de parte del pueblo en la ejecución de Strafford. "Cuando por primera vez supe del Memorial de Agravios, muy pronto yo mismo imaginé que como fieles concejales debíamos sostener un velo ante su majestad: pensé presentar ante el rey los perversos consejos de los concejales; las inquietas turbulencia de los papistas prácticos….No soñé que debíamos realizar un memorial de agravios para los de abajo, contar historias al pueblo y hablar del rey como si se tratara de una tercera persona.

El Gran Memorial de Agravios demostró ser el punto de inflexión mayor en la creación de una facción monárquica significativa. Pero no fue la primera vez –ni la última— que los ansiosos miembros del Parlamento expresaron sus temores ante la movilización popular. Antes de Dering, Sir George Digby, todavía un activo antimonárquico en 1640, cambió de posición. El papel de la "multitud" que llevó la Petición Root and Branch al Parlamento no fue su preocupación menor. Previno a la Cámara contra la movilización de asambleas populares irregulares y tumultuosas, cualesquiera que fuera la calificación que pudieran merecer sus propósitos: "… el hombre menos avezado en historia y en la comprensión de la naturaleza conoce el peligro de agitar a una multitud genuina o pretendidamente excitada… ¿Qué mayor presunción puede haber que la de una multitud dispuesta a enseñar al Parlamento qué es y qué no es el gobierno de acuerdo con la palabra de Dios?".

La deserción al campo monárquico de los parlamentarios más alterados trajo consigo el que la causa parlamentaria quedara en manos de los más afectos a las movilizaciones populares. Ello es que, en el curso de la Guerra Civil, hasta los elementos más radicales resultarían divididos a causa de la amenaza de la multitud política. El punto culminante llegó en 1647, y sus implicaciones para el desarrollo del pensamiento político moderno fueron harto más importantes que las transformaciones teóricas que Skinner atribuye a Hobbes.

Para entonces, el nuevo modelo de Ejército diseñado por Cromwell y sus seguidores no sólo resultó ser una eficaz máquina militar, sino que pasó a ser también una fuerza política militante. El ejército en sí mismo se convirtió en una tenaza de contención dentro del campo parlamentario, y dentro del mismo Parlamento hubo esfuerzos por disolverlo. En la crisis sucesiva surgió un conflicto entre los grandes del ejército –encabezados por Cromwell y su yerno Herny Ireton— y los elementos radicales de la tropa, influidos por las ideas de los Levellers, de los "niveladores". Los radicales llegaron a redactar una Constitución, la primera de este tipo en la historia. Allí y en los sucesivos debates de Putney se elaboraron nuevas concepciones de la soberanía popular, diferentes de todo lo propuesto anteriormente por los parlamentarios. Los más radicales entre ellos, "los más pobres, ésos que hay en Inglaterra", según la famosa frase de Thomas Rainsborough, "tienen los mismos derechos que los más estupendos". Eso no significa que los Levellers estuvieran unidos detrás de una causa a favorable a la concesión de derechos democráticos. Algunas categorías de hombres quedaron excluidos desde el principio (y las mujeres, excluidas en su totalidad); y al final, los radicales se comprometieron con una exigencia de ampliación del sufragio. Pero la diferencia de principios entre la gente estupenda y de viso de Cromwell y los impulsores de reformas radicales –Cromwell terminó por arrestar a los dirigentes de los Levellers y por aplastar toda oposición en el ejército— no fueron, desde luego, menos significativas que las diferencias entre Cromwell y el rey.

Los Levellers no sólo abogaban por mayores concesiones democráticas. Con su insistencia en el consentimiento que ha de otorgarse al gobierno y en que la libertad depende de ese consentimiento, operaron también una revolución en el pensamiento político: el consentimiento no debe obtenerse de una vez por todas y mediante una simple transferencia, sino continuamente y mediante una multitud de individuos dotados de derechos inalienables (el pueblo fuera del Parlamento); nunca mediante una corporación que se arrogue su representación Y esto, ya se ve, difiere por mucho de las ideas que Henry Parker, a quien Skinner presenta como "el más formidable propulsor de la causa parlamentaria" a comienzos del Parlamento largo. Para Parker, la autoridad real deriva del pueblo, pero el pueblo sólo es superior a la Corona entendido como una entidad colectiva como la que personifica el Parlamento y, una vez instituido un Parlamento que lo represente, el pueblo no puede reclamar ya su poder original. Es verdad que eso le da al Parlamento una ventaja en su relación con la Corona, pero no se ve por qué la distancia entre un parlamentarista fuerte como Henry Parker y un absolutista como Hobbes haya de ser mayor que el abismo que separa a Parker de los Levellers.

Es muy posible que nada de esto le resulte novedoso a Skinner. La cuestión es por qué le preocupa tan poco. Hay una razón primordial y sistemática que tiene que ver con el modo que le es propio de estudiar el pensamiento político. Skinner y la llamada Escuela de Cambridge --de la que, junto con J.G.A.Pocock, él es padre fundador— han sido distinguidos con el gran premio a la historiografía por su impulso a la contextualización de la teoría política. Y aquí está el problema. Para ellos, los contextos históricos son los lenguajes, las expresiones, las palabras. Resulta que sólo vale la pena prestar atención a algunas palabras y, más importante aún, que las condiciones sociales y materiales en las que las palabras se utilizan se orillan deliberadamente. En la obra maestra que Skinner compuso en dos volúmenes sobre las ideas políticas entre 1300 y 1600 (The Foundations of Modern Political Thought) y que trata de un periodo caracterizado por grandes desarrollos sociales y económicos de enorme importancia para la teoría y la práctica políticas, aprendemos poco, si algo, sobre, pongamos por caso, las relaciones entre la aristocracia y el campesinado, o sobre la agricultura, sobre la distribución y tenencia de tierras, sobre urbanización, intercambio, comercio y clase burguesa, o sobre la protesta social y el conflicto.

Les posible que la distancia en que deliberadamente se mantiene a la teoría política respecto del contexto social de la misma no sea una decisión política premeditada, pero tiene, desde luego, por efecto el descartar y aun, a veces, tornar invisible un amplísimo abanico de conflictos sociales y, por supuesto, de debates políticos. Lo que, a pesar de la insistencia de la Escuela de Cambridge en la especificidad de cada momento histórico, trae consigo el que las "tradiciones de discurso", entendidas como constructos lingüísticos, eclipsen cualquier tipo de especificidad histórica., los distintos significados que las palabras puedan tener en diferentes contextos sociales.

La propia idea del "republicanismo" tal como la entiende la Escuela de Cambridge es buen ejemplo de ello. Se trata, cuando mucho, de un concepto escurridizo. A pesar de que en el derecho consuetudinario inglés la tradición del "hombre libre" está bien establecida –o quizá precisamente por eso—, el "republicanismo" à la Cambridge resulta especialmente inapropiado para captar la experiencia política inglesa. Pues la idea romana, en su forma originaria de comunidad cívica, presupone la existencia de una aristocracia dominante que gobierna ella misma de manera colectiva, no profesional, sino como simple aficionada, a través de un estado mínimo. El contexto inglés era totalmente diferente. Inglaterra disponía de una larga tradición de eficaz administración centralizada en un estado gobernado mediante la colaboración entre la monarquía y el parlamento. Esta forma política, sin parangón en Europa ni en parte alguna, fue el producto de desarrollos sociales específicos y característicos, particularmente de una clase terrateniente cuyo poder y cuya riqueza dependían mucho menos que los de las aristocracias continentales de poderes jurídicos, militares y políticos autónomos, o de cargos venales en el estado. Se había desarrollado una división del trabajo, merced a la cual la aristocracia terrateniente obtenía su gran riqueza a través del control de la propiedad, mientras que el estado central, "la Corona en el Parlamento", mantenía el orden público.

La colaboración entre la monarquía y el Parlamento fue incluso reconocida por los llamados republicanos, que podían argumentar en contra del absolutismo y a favor de una "constitución mixta", sin abogar necesariamente por la abolición de la monarquía. Tampoco el acento en la comunidad cívica, en una comunidad de ciudadanos, distinguía de manera clara la idea republicana de otras formas de anti-absolutismo. En el contexto inglés, era posible identificar a la comunidad cívica con el Parlamento, y lo hacían tanto los republicanos como los defensores moderados del Parlamento en contra la Corona.

En las condiciones inglesas, se destacaba de manera pronunciada la división entre aquellos para quienes las clases dominantes en el Parlamento eran la representación adecuada de la comunidad cívica o del poder popular, y quienes pensaban que el verdadero soberano era el pueblo que estaba fuera del Parlamento. La idea de "libertad republicana" no es demasiado útil para identificar tal división, y menos aún porque la república romana fue una oligarquía y la idea originaria romana de libertad nunca fue democrática. Incluso puede desaparecer la distinción entre republicanos oligárquicos y radicales más democráticos. Skinner nos dice que los Levellers rechazaban el Parlamento, porque se había convertido en un poder arbitrario que violaba el mismo principio de libertad que había prometido defender. Pero, en la versión ofrecida por Skinner, se hace difícil saber cuáles eran las diferencias de principios entre éstos y los defensores menos radicales de la libertad del pueblo frente a la Corona.

Más precisamente, el "pueblo fuera del Parlamento" es una categoría carente de significado en cualquier contexto histórico que no sea el inglés. La idea republicana no surgió en la comunidad cívica romana, ni tampoco renació en la ciudad estado italiana. Incluso en la vecina continental más próxima a Inglaterra –la Francia absolutista- los principales protagonistas en el conflicto entre los reyes absolutistas y quienes se les oponían, necesariamente fueron diferentes. Cuando los panfletos de resistencia antimonárquica francesa hacían valer los derechos del "pueblo", no eran los derechos de una "multitud" de individuos privados, y ni siquiera los de una única asamblea representativa, sino los poderes de los nobles provinciales, los funcionarios municipales y varios cuerpos corporativos que afirmaban su autoridad autónoma en contra de la monarquía centralizadora.

En la elaboración que Skinner hace de la "libertad republicana" en su libro sobre Hobbes se evapora el problema, específicamente inglés, del pueblo fuera del Parlamento. Y sin embargo, fue el mismísimo Hobbes quien logró traducir a términos teóricos la oposición –tanto del campo monárquico como del parlamentario— a la invasión multitudinaria del dominio político. En Elements se trata simplemente de defender las exigencias de la Corona frente al Parlamento con el argumento de que el poder soberano ha sido creado por transferencia del poder del pueblo -como colección de individuos— al soberano. En De Cive se acentúa que, una vez establecido el poder soberano, el pueblo o la multitud ya no tiene ningún papel político. Más precisamente, que el pueblo fuera del Parlamento carece de identidad política: "Cuando decimos pueblo, o multitud, voluntades, mandatos………se entiende que la ciudad" –esto es, el estado— "que ordena, expresa su voluntad y actúa por medio de la voluntad de uno, o las voluntades concurrentes de varios que solo tienen lugar en una Asamblea". En esta formulación, el Parlamento no tiene menor legitimidad que la monarquía. El punto de mira es aquí el pueblo fuera del Parlamento, y las preocupaciones de Hobbes son claramente inmediatas y con el ojo avizor puesto en las multitudes callejeras: "pues si bien se dice comúnmente de algunos grandes levantamientos que el Pueblo de tal Ciudad ha tomado las armas; eso es cierto, sin embargo, sólo para aquellos que ya están en armas o de aquellos que les otorgan su consentimiento. Porque la ciudad, que es una Persona, no puede tomar las armas en contra de sí misma."

Puede resultar útil definir a la libertad como independencia, pero entonces mucho –si no todo- depende de lo que se quiera significar con dependencia o, para el caso, qué significan poder, dominación y coerción. En la época de Hobbes, un hombre era libre cuando otro era siervo. Lo que para un republicano oligárquico como Ireton era libertad, contaba como dependencia para Rainsborough. Y ni siquiera los Levellers más radicales agotan las posibilidades: algunos de sus coetáneos, como Gerrard Winstanley, fueron más lejos y reclamaron que cualquiera que fuera la forma de gobierno, no habría independencia mientras existiera propiedad privada. La concepción de la "libertad republicana" ofrecida por Skinner no logra captar el amplio espectro del debate sobre la libertad –ni en tiempos de Hobbes ni en cualesquiera otros—, porque deja de lado el amplio alcance de la dependencia.

Si bien en algunas ocasiones reconoce la existencia de dominación social en instituciones como la familia o el mercado de trabajo, Skinner explica cuidadosamente que esa dominación no pertenece a la categoría de una coacción puramente política en la tradición neo-romana. Y ahí deja la cosa. Es verdad que apela a la comunidad cívica y a su papel para proteger a los ciudadanos de una dependencia "evitable" (esta palabra tan flexible que Skinner emplea en Liberty before Liberalism.) respecto de la buena voluntad de terceros. Pero nos enseña muy poco sobre qué tipos de dependencia cuentan, y acaso menos sobre el significado del poder arbitrario. Con la idea skinneriana de libertad republicana –o con su trabajo histórico— se aprende todavía menos sobre dominación social de lo que se aprende con la idea de libertad negativa de Isaiah Berlin.

Por ejemplo, supongamos que Ud. dice que la verdadera independencia requiere de un mercado libre. Yo podría responder que el mercado capitalista, que presupone una disposición desigual de poder entre las clases, es en sí mismo un potente instrumento de coerción y que debería ser controlado, tanto como cualquier otra forma de poder no careable o arbitrario. También podría decir que la forma en que se distribuye el poder tiene efectos profundos en el goce de las libertades puramente civiles y políticas. ¿Cómo podría el concepto de libertad republicana así entendido contribuir más que el de libertad negativa a dirimir la disputa entre nosotros?

Skinner podría argüir que, en general, no escribe sobre política contemporánea. Pero ¿qué ocurriría si nos tomáramos en serio su principio fundamental: las palabras son acciones y teorizar sobre política es en ya una forma de actividad política? ¿Qué podríamos hacer con sus propios términos políticos? Es tentador seguir su camino, la regla según la cual para entender el significado de un pensador debemos descubrir sus intenciones; entonces nos sería posible concluir que su distancia deliberada respecto de las realidades sociales tiene como intención mellar el filo crítico del pensamiento político, convertirlo en algo esencialmente inocuo, debilitar su desafío al poder, y no digamos el desafío al orden social existente. Pero, sin necesidad de atribuirse un acceso privilegiado a sus motivos, sería suficiente con decir que su trabajo histórico y su modo de contextualización tienen como consecuencia –si no como intención— estrechar el horizonte del debate político sobre los problemas actuales, no menos que sobre la Guerra Civil inglesa.

En esto es sorprendente su contraste con Berlin. En Berlín, ciertamente, no hay nada radical; y podemos pensar que su concepción de la libertad es también muy restrictiva en punto a entender qué tipos de poder deben ser revisados para garantizar incluso la libertad negativa. Por ejemplo, cuando llega a apoyar el estado de bienestar moderno, no porque extienda la libertad, sino porque le resulta un compromiso y un sacrificio necesarios de la libertad, podemos lamentar su error por no reconocer que las condiciones sociales que necesitan ser mínimamente corregidas por el estado de bienestar son, en sí mismas, impedimentos a la libertad. Pero, para bien o para mal, lo cierto es que en su forma de argumentar hay al menos una evidente preocupación por las realidades sociales, por la dominación y el conflicto. No hay tal en Skinner, pues su idea de la libertad republicana se resiente de su falta de sensibilidad, y no sólo en lo atinente al amplio abanico de las limitaciones de la libertad, sino, más en general, en lo que hace al entero abanico de las ideas políticas.

Hobbes y el neorrepublicanismo académico de la escuela de Cambridge
| Ellen Meiksins Wood ·

30.3.10


Nullified! The Right Wing’s Latest Obsession Has a Long, Sordid Past.

Historical amnesia is as dangerously disorienting for a nation as for an individual. So it is with the current wave of enthusiasm for “states’ rights,” “interposition,” and “nullification”—the claim that state legislatures or special state conventions or referendums have the legitimate power to declare federal laws null and void within their own state borders. The idea was broached most vociferously in defense of the slave South by John C. Calhoun in the 1820s and 1830s, extended by the Confederate secessionists in the 1850s and 1860s, then forcefully reclaimed by militant segregationists in the 1950s and 1960s. Each time it reared its head, it was crushed as an assault on democratic government and the nation itself—in Abraham Lincoln’s words, “the essence of anarchy.” The issue has been decided time and again—not least by the deaths of more than 618,000 Americans on Civil War battlefields. Yet there are those who now seek to reopen this wound in the name of resisting federal legislation on issues ranging from gun control to health care reform. Proclaiming themselves heralds of liberty and freedom, the new nullifiers would have us repudiate the sacrifices of American history—and subvert the constitutional pillars of American nationhood.
Reforma da Saúde: o sentido político da vitória de Obama

UNS E OUTROS



O indicador de clima económico aumentou em Março, contrariando a diminuição apresentada nos três meses anteriores. No mês de referência, observou-se uma recuperação dos indicadores de confiança relativos à Indústria Transformadora, ao Comércio e aos Serviços, mais expressiva no primeiro caso. Em sentido oposto, este indicador registou um novo agravamento na Construção e Obras Públicas.O indicador de confiança dos Consumidores tem vindo a diminuir desde Novembro, invertendo o acentuado movimento ascendente iniciado após o mínimo histórico registado em Março de 2009.O resumo do INE é a ilustração da economia como arte de cortar em carne viva,com toda a confiança por parte de uns e todo o receio por parte de outros...movendo-se em sentidos opostos!

29.3.10

Greece like Latvia, Hungary and Romania... .Our comment on WSJ today


It is unhelpful to claim that Germany has done good and that the other countries should adjust.Germany is the economy with the lowest increase of unit labour costs gains steadily market shares,yet this is not a win-win scenario. If all other economies behaved like Germany with comparable low increases of unit wage costs, it would be impossible for the German economy to earn any trade surplus.More.Without the growth contribution of net exports the German GDP would have decreased by remarkable 2.1% in Q4 2009. However, that would not be the end of the story. In that case German GDP would neither grow via net exports nor via domestic demand and all other euro zone countries would be in the same situation. The whole eurozone would stagnate and that although – or because – everybody did its “homework”. Wage cutting and the battle for exports cannot work for the Eurozone as a whole.Monetary union is a „beggar-thy-neighbour‟ policy for Germany.Meanwhile, European official, today, are saying that package to Greece - conditionality would be on the lines agreed for Latvia, Hungary and Romania...

Uzbequistán, al calor del conflicto afgano


La gran pregunta de Afganistán es qué tipo de desastres se están incubando con esta segunda guerra que es consecuencia de los desastres de la primera ¿Será la tercera guerra afgana un conflicto regional más ampliado, hacia Paquistán, Irán y Uzbequistán? (*)

Entre todas las repúblicas del Asia Central ex soviética es Uzbequistán la que presenta el cuadro más claro para una crisis importante a medio plazo. El conflicto de Afganistán, el interés occidental por la región y las relaciones que determina, son fundamentales para entenderlo. La actual guerra es consecuencia de los desastres heredados por el intervencionismo militar extranjero de los años ochenta y noventa. Por eso merece la pena preguntarse por los desastres que está incubando hoy, por ejemplo de cara a un conflicto regional más amplio. El riesgo de Paquistán es obvio y conocido, excepto, al parecer, para los planificadores del Pentágono. El acoso a Irán, cuya ambición nuclear es tan lógica, también. De Uzbequistán se habla menos.

Nueva situación

Desde las expansiones imperiales del Siglo XIX de la Rusia zarista y de la China Qing (Manchú) hasta 1990, la influencia rusa fue la más vigorosa y dominante en Asia Central. La URSS englobaba en su seno a las actuales cinco repúblicas (Kazajstán, Uzbequistán, Turkmenistán, Kirgizstán y Tadjikistán) y su influencia se hacía sentir al otro lado de la frontera, en la parte china. La propia China fue al principio un "satélite" de la URSS de Stalin, y cuando dejó de serlo y se peleó con ella, Moscú le creó a Pekín algunos problemas en Xinjiang promocionando el separatismo uigur. Lo contrario nunca ocurrió. Esa tendencia de larga duración cambió a partir de 1990, como triple resultado del hundimiento de la URSS, de la ascensión de China y del 11-S.

Rusia tiene hoy gran influencia en las cinco repúblicas, pero ya no forman parte de un superestado con centro en Moscú. Rusia ya no tiene influencia alguna en Xinjiang. Por el contrario, la influencia china, económica y política, aumenta en el mundo y también en las repúblicas ex-soviéticas de Asia Central.

La situación ha cambiado en beneficio de China, pero no se ha invertido porque la influencia que Rusia ha perdido en las cinco repúblicas no ha sido sustituida únicamente por la de China.

Por un lado, esos Estados se han hecho independientes y soberanos, y ejercen su propia influencia, con Kazajstán y Uzbequistán en el papel de potencias regionales. Por el otro, la existencia de grandes recursos energéticos y grandes intereses geopolíticos, ha determinado la presencia de Estados Unidos y la OTAN en la región gracias al 11-S. Así, la nueva situación no es bipolar, sino mucho más compleja.

Podemos decir que: 1- La relación chino-rusa, que desde los años sesenta concentraba casi en exclusiva los riesgos de conflicto en la región, se ha normalizado y estabilizado. Y 2- Que por primera vez desde la época colonial, la presencia occidental vuelve a jugar un papel de desestabilización muy importante en Asia Central. El conflicto de Afganistán es aquí crucial.

Guerras que incuban otras

Visto desde Europa o América, el conflicto de Afganistán se compone de dos guerras. La Primera fue un producto del gran conflicto Este-Oeste y una consecuencia de la Revolución Iraní de 1979. Ambos factores desencadenaron la torpeza invasora soviética y las intervenciones de la CIA, su homólogo paquistaní, el ISI, y la monarquía saudí, induciendo, potenciando y financiando un radicalismo sunita contra la URSS que compensara al mismo tiempo la influencia revolucionaria del radicalismo chiíta en el Golfo.

La Segunda es un asunto de geopolítica de recursos y de belicismo imperial occidental, con la excusa del "terrorismo". La región del Golfo más la cuenca del Caspio y Asia Central concentran el grueso de las reservas energéticas mundiales. Quien controla eso, controla el mundo. Estrategas americanos como Zbigniew Brzezinsky dejaron muy claro, ya en 1997, cuatro años antes del 11-S, el objetivo estratégico de hacerse con el control de Asia Central, lo que se consideraba como la "recompensa" de Washington (ese es el término utilizado) por haber vencido en la guerra fría.

Esa es la razón de ser de una presencia militar allá, que es punta de lanza entre Rusia y China, y, a la vez, estrecha el cerco a Irán, la única potencia petrolera hostil a Occidente que queda en la gran región energética del mundo. Además, hay un factor de militarismo estructural de Estados Unidos (que ese país incubó durante -y heredó de- la guerra fría) y que tiene cierta inercia propia: se hace la guerra porque hay un aparato diseñado para hacerla y que tiene mucho poder, económico e institucional, a la hora de imponer políticas y prioridades.

Para los afganos de a pie que sufren el conflicto, se trata de una sola guerra: una "guerra de los 30 años", una maldición incomprensible que viene de fuera como fue para los indochinos de los años cincuenta, sesenta y setenta. Recordemos la película de los últimos treinta años:

En los setenta Afganistán era un país pobre y atávico, pero no particularmente violento, más allá de les escenas del mundo tribal. Los hippys occidentales iban allá a fumar cannabis. Después de; decenas de millones de rublos y dólares, millones de armas y bombas, un millón de muertos y cinco millones de refugiados, con su sociedad destruida, el país se convierte en un "problema de terrorismo". Con esa inversión en desastre, cualquier sociedad destruida acaba convirtiéndose en un desastre. Afganistán no es un "estado fallido", sino un "estado fallido inducido" por la intervención de Occidente -un Occidente que en este caso incluye a Rusia y abarca de San Francisco a Vladivostok.

Lo que hay que retener de ese conflicto es que la excusa alegada en la segunda guerra (el 11-S, el terrorismo) es un producto claro y directo de la primera guerra (los mujaidines, Bin Laden, Taliban) que se volvió contra sus creadores. No hay ninguna razón para pensar que la "guerra de los treinta años" no se convierta en una "guerra de los cuarenta años", porque se sospecha que no hay mayor factor de conflicto y de terrorismo que la propia "guerra contra el terrorismo", de la misma forma en que el 11-S fue resultado acumulado de políticas belicistas irresponsables (el "Blowback" de Chalmers Johnson).

Lo que nos interesa subrayar hoy, al decir que la primera guerra preparó el caldo de cultivo de la segunda, es la pregunta sobre qué tipo de desastres se están incubando ahora con esta segunda guerra de cara a una tercera, que puede ya no ser sólo una "guerra afgana", sino un cáncer regional más ampliado, digamos afgano-paquistano-uzbeco-iraní, por ejemplo.

En Paquistán se considera que fuera de determinadas regiones la insurgencia islámica no tiene base para hacerse con el país entero. La actual ampliación de la guerra, con ataques diarios de aviones no tripulados que matan a población civil, puede acabar ofreciéndosela. Lo mismo podemos decir de Uzbequistán donde quizá sólo un tercio de la sociedad apoyaría hoy una fórmula de gobierno islamista. En Camboya el gobierno de los jmeres rojos era impensable en aquella benevolente monarquía del rey Sinahuk..., hasta que los bombardeos americanos le prepararon el terreno entre la población. Estoy sugiriendo un efecto de ese estilo para Asia Central... En cualquier caso, parece que el conflicto afgano va a tener una contribución destacada al caos del Siglo XXI (Wallerstein).

Espiral represión-radicalismo

En Uzbequistán el régimen de poder personal del Presidente Islam Karimov, antiguo primer secretario del Partido Comunista Uzbeco en la época soviética, sostiene una dura represión, arbitraria e indiscriminada, contra todo lo que huela a oposición e islamismo incontrolado o político. Arbitrariedad y brutalidad quieren decir que una mujer puede ser detenida y violada por la policía porque su hermano ha sido detenido por meras sospechas de relación con algún grupo islámico. Quiere decir que la tortura es sistemática (así la califican los informes de la ONU) con algún caso de detenido muerto por haber sido sumergido en agua hirviendo. Quiere decir que los tribunales no conocen sentencias exculpatorias, y que las cárceles se llenan con miles de presos. Esa práctica es un incentivo que empuja hacia la radicalización ideológica e invita a un activismo violento, a todo aquel que se oponga al régimen.

La historia de "Namanganí"

El 16 de febrero de 1999 una serie de bombas colocadas en diversas sedes oficiales de la capital uzbeca, Tashkent, estallaron sembrando el caos. Las autoridades atribuyeron aquello primero al "Hizb ut-Tajrir", un partido islámico que se declara opuesto a la violencia, y luego, a las pocas horas, al "Movimiento Islámico de Uzbequistán" (MIU). El MIU había sido fundado en 1995 en Kabul por dos activistas uzbecos, Dyumaboi Jodyiev, alias "Namanganí", y Tajir Yuldash.

"Namanganí" había luchado como soldado soviético en Afganistán a finales de los ochenta. Al regresar a su ciudad natal de Namangán, en el Valle de Ferganá, un espacio que combina la mayor densidad demográfica de la antigua URSS, con enormes tasas de desempleo y una pirámide demográfica muy joven, nuestro hombre se hizo islamista. En el contexto de una URSS que se desmoronaba, muchos evolucionaban hacia el tradicionalismo y se encontraban con un Islam parcialmente corrupto y muy controlado por el Estado y su policía, lo que no les parecía ni ejemplar ni inspirador. Se trataba, pues, de "purificar" el Islam. "Namanganí" fundó un grupo alternativo llamado "Tovbá" (Caridad) y al poco tiempo tuvo que huir de la represión. Se refugió en Tadjikistán, donde participó en la actividad guerrillera que desencadenó la cruenta guerra civil en aquella república (por lo menos 50.000 muertos entre 1992 y 1997).

En los años noventa, la guerrilla tadjica había recibido amparo del principal señor de la guerra del norte de Afganistán, el tadjico Ajmad-Shaj Masud. En 1992, Masud y otros mujaidines habían entrado en Kabul, después de que la errática política de Boris Yeltsin cortara el suministro de carburante al gobierno ex-prosovietico del Doctor Najibullah, sin duda el gobierno menos malo que Afganistán ha tenido en los últimos 35 años. Aquel corte determinó típicos cambios de bando de importantes aliados de Najibullah, hacia el dinero occidental y los mujaidines, y desembocaron con la caída de Kabul. La toma de la capital inició a su vez una mortífera guerra entre las fracciones mujaidines apoyadas por Occidente, que redujo Kabul a ruinas. Ese era el Kabul de 1995 en el que "Namanganí" y Yuldash fundaron el "Movimiento Islámico de Uzbequistán".

Internacionalismo jihadista

En la capital afgana los dos uzbecos entraron en contacto con el dinero y las relaciones internacionales de Bin Laden. Su proyecto era crear un sultanato centroasiático, y en ese proyecto Uzbequistán aparecía como el eslabón principal de una cadena. La mentalidad era que si caía el régimen de Karimov en Uzbequistán, toda la región se desmoronaría como un castillo de naipes...

En 1996 los talibán se impusieron, como una fuerza de orden, sobre las caóticas y corruptas facciones mujaidines, y tomaron a su vez Kabul. En los cuatro años siguientes consolidaron su poder por todo el país, más allá de su área matriz pashtún, pero no lograron desplazar a Ajmad-Shaj Masud (entre tanto, beneficiario de apoyos y armas rusas) de su enclave del Valle del Panshir y de las provincias de Tojar y Baglan. Visité el Panshir en aquella época y pude apreciar hasta qué punto era frágil la posición de Masud, que en dos ocasiones estuvo a punto de perder su bastión.

El 11-S comenzó en Afganistán dos días antes, el 9 de septiembre, con el atentado que mató a Ajmad-Shaj Masud. Un grupo de islamistas camuflado como periodistas de televisión hicieron estallar la bomba que llevaban instalada dentro de su cámara, acabando con quien era sin duda una de las figuras más carismáticas y eficaces de la antigua escena mujaidín. El cálculo era que cuando llegara la previsible represalia por lo de Nueva York, con ataques al santuario afgano, los occidentales no pudieran disponer de un aliado como Masud que les ayudara o hiciera el trabajo por ellos a cambio de armas y dinero. Los talibán desplegaron el contingente "internacionalista" del Movimiento Islámico de Uzbequistán" (MIU) de "Namanganí" y Yuldash, en el que no había solo uzbecos, en el norte del país. Eran unos 3000 hombres y su base estaba en una antigua fábrica de algodón de la provincia de Kunduz.

El MIU se hundió en otoño de 2001, junto con todo el dispositivo militar talibán, durante la intervención americana en Afganistán. Sus "jihadistas internacionales" fueron prácticamente los únicos presos de la batalla de Kunduz, a cuya debacle asistí. Mientras los talibán, simplemente se cambiaban de bando, pasándose a los vencedores mediante típicos pactos afganos, y los combatientes paquistaníes eran repatriados de Kunduz por aviones militares del ISI paquistaní, los únicos que quedaron al descubierto y fueron hechos prisioneros fueron los combatientes del MIU.

Los presos que se tomaron fueron conducidos a la fortaleza de Kalai Jangí, cerca de la ciudad de Mazarí Sharif, donde presencié su rebelión, cuando lograron reducir a sus guardias con granadas que llevaban ocultas en sus ropas y dieron muerte a un agente de la CIA –la primera víctima estadounidense del conflicto. A aquella rebelión siguió una masacre. Primero un avión americano lanzó sobre la fortaleza un mar de bombas incendiarias. Luego, en la última etapa del asedio, la última resistencia se redujo inyectando gasolina en los sótanos de la fortaleza y prendiendo fuego para obligar a salir a los escondidos. Muchos de los presos que sobrevivieron a aquello, morirán días después asfixiados en los contenedores de los camiones en los que fueron encerrados. Y algunos de los que sobrevivieron a eso acabaron en Guantánamo... "Namanganí" murió en Kunduz, pero Yuldash logró huir a Tadjikistán. Casi diez años después, su nombre vuelve a sonar.

Regímenes inestables

Las cinco repúblicas ex soviéticas del Asia Central siguen hoy gobernadas por regímenes patriarcales-autoritarios que podemos llamar "democracias de imitación" (Furman) en el sentido de que celebran "elecciones" y tienen "parlamentos" y constituciones para cubrir las formas, pero que en esencia son sistemas puramente autoritarios. Kazajstán, Uzbequistán y Turkmenistán, ni siquiera han conocido pequeñas transferencias de poder. Los dos primeros siguen gobernados por los antiguos lideres soviéticos locales, Nursultán Nazarbayev e Islam Karimov, mientras que en Turkmenistán su homólogo, Saparmurat Niyazov, murió en 2006 y el poder pasó a uno de sus compañeros, Gurbanguly Berdimujamedov (del que se rumorea es hijo del anterior). En Uzbequistán y Turkmenistán no hay una oposición legal.

Las turbulencias de muy diferente nivel y carácter que conocieron Tadjikistán y Kirgizstán -en el caso de Tadjikistán muy graves, como se ha dicho- determinaron rotaciones en el poder respecto a la estructura de la época soviética. En Tadjikistán un hombre procedente del nivel bajo de la estadocracia soviética, Emomalí Rajmonov, se hizo con la Presidencia en 1994. En Kirgizstán, cuyo clima político era, y sigue siendo, mucho más amable y distendido, un académico "alternativo", Askar Akaiev, asumió el poder en 1990 y lo mantuvo hasta 2005, cuando fue derribado por una "revolución naranja" que llevó al poder al primer ministro de Akaiev, Kurmanbek Bakiev, quien no ha cambiado nada esencial. Medida en aspectos como la eliminación de opositores o periodistas, la tendencia de los regimenes de Tadjikistán y Kirgizstán es hacia el endurecimiento.

Todos estos regímenes, pertenezcan al grupo de los más o de los menos duros, contienen semejantes ingredientes que los condenan a conocer crisis y convulsiones políticas a medio plazo. El control de la sociedad, la falta de pluralismo institucional y de libertad de información, convierten en ciegas a sus elites, que pierden la visión de los procesos sociales. La promoción de los obedientes merma talentos y deteriora la calidad del gobierno. Todo ello potencia la corrupción, lo que a su vez revierte en una perdida de legitimidad. La represión radicaliza a la oposición y su carácter ciego, indiscriminado y arbitrario, amplía el espectro de los descontentos. En los casos en los que no hay descendientes varones para una sucesión patriarcal del caudillo se crean condiciones para conflictos por la sucesión. Ni Nazarbayev ni Karimov tienen hijos varones. Karimov acaba de nombrar a su hija, Gulnara, embajadora en España –aunque la noticia aun no se ha divulgado en Tashkent- pero es impensable que una mujer le suceda en el poder.

Todo eso lleva a pensar que en los cinco Estados se producirán crisis políticas profundas, pero es en Uzbequistán donde hay el mayor potencial para un conflicto de mayor envergadura, incluso explosivo y violento.

Frágil Uzbequistán

Un ejemplo con valor de precedente lo ofrecen los sucesos de Andiján del 13 de mayo de 2005. Las protestas contra el juicio a un grupo de hombres de negocios locales que eran miembros de una organización islámica, se reprimió a tiros. Centenares de personas murieron. Si el levantamiento hubiera triunfado, por ejemplo con los soldados negándose a disparar, se podría haber extendido por gran parte del país. En ese caso el régimen de Karímov habría quebrado, en beneficio de otro de tipo islámico que tampoco habría sido democrático. Desde hace poco se han producido atentados suicidas en la región de Andiján. Una vez más, todos estos sucesos deben ser cotejados con la evolución del conflicto de Afganistán.

Desde que la ruta pakistaní de aprovisionamiento de la OTAN por el Jiber Pass se ha hecho menos segura a causa de los crónicos atentados, la OTAN utiliza la puerta norte de Afganistán, por la frontera con Uzbequistán y Tadjikistán, como vía de aprovisionamiento. En Sherjan, donde antes había que cruzar la frontera del río Amudaría hacia Tadjikistán en barcazas, los americanos han construido un puente. El norte de Afganistán, que hasta hace poco era tranquilo -lo que determinó la decisión alemana de enviar a sus soldados allá y no al revuelto sur- se ha convertido en una complicada zona de guerra. La razón es que la insurgencia afgana quiere cortar e interferir esa nueva ruta de aprovisionamiento de la OTAN.

La captura de dos camiones cisterna por los talibán y su bombardeo, ordenado por los alemanes el 4 de septiembre de 2009, con 140 muertos civiles como resultado, ilustró muy bien la situación. A raíz de aquello se supo que un grupo alemán de operaciones especiales, el KSK, practica en el norte de Afganistán los mismos asesinatos extrajudiciales que los americanos y sus mercenarios de "Blackwater" realizan diariamente en el sur de Afganistán. Los americanos han enviado 5000 soldados de refuerzo al norte de Afganistán para responder a la subida de tono del conflicto allá.

Según informes paquistaníes, esta situación estaría reactivando al Movimiento Islámico de Uzbequistán de Tajir Yuldash. También hay noticias de que los destacamentos de mercenarios de "Blackwater" practican asesinatos extrajudiciales en el propio territorio uzbeco, como hacen en Paquistán. El operativo alemán en Afganistán, cada vez mayor y más discutido, se dirige desde la base que el Bundeswehr tiene en Termez, una ciudad uzbeca separada de Afganistán por un puente construido por los soviéticos en los ochenta.

Este marco de estrecha "cooperación antiterrorista", permite a los regimenes de las repúblicas ex-soviéticas justificar su represión de la oposición con el mismo discurso "antiterrorista" que la OTAN utiliza en Afganistán. Occidente pone el acento en la cooperación de "seguridad", e ignora y no actúa en absoluto en el principal proceso de podredumbre y desestabilización interna: la propia "lucha antiterrorista" de esos regímenes, que no es más que una represión, arbitraria e indiscriminada, de toda oposición, para mantener un poder autoritario. La masacre de Andiján de 2005, introdujo un embargo de venta de armas a Uzbequistán, pero el régimen uzbeco sabe que si coopera disciplinadamente con las necesidades de los occidentales (disponer de bases militares entre Rusia y China, derechos de paso para suministros necesarios en el conflicto afgano, y acceso a recursos energéticos), nunca tendrá nada que temer. El Bundeswehr, por ejemplo, entrena a oficiales uzbecos en Alemania.

En 1990, el extremismo islamista no era una alternativa seria en Uzbequistán. Ahora, en gran parte gracias a la política de Karimov y el sostén "antiterrorista" occidental, quizá habría que revisar aquella observación. Por eso, el pronóstico para el Asia Central ex soviética es que los "intereses de seguridad" de Occidente relacionados con la guerra de Afganistán amplían el cáncer de todos los regímenes de la región, un cáncer que su propia autocracia genera, pero Uzbequistán es el país más expuesto.

Uzbequistán, al calor del conflicto afgano
| Rafael Poch · · · · ·